
Era un día de invierno como cualquier otro. María miraba por la ventana.
Las calles estaban igual que siempre. Oscuras, vacías. No había ni una alma en pena vagando por ellas.
Ella recordaba con nostalgia los días en que jugaba por esas mismas aceras con sus amigas.
No podía evitar sonreír. Seguía pensando que la gente puede vivir a base de recuerdos.
Se dió la vuelta y miró a su alrededor. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
La cena estaba aún por hacer, y Antonio, su marido, estaba a punto de llegar.
Empezó a cocinar. Echo un chorro de aceite en la sartén y al poner en ella los filetes de carne se paró a observar su brazo. "Esto fue de la última vez que olvidé hacerle la cena. Quizás me lo merecía" Pensó mientras miraba indignada aquél moratón.
Acabó de freír y fue a limpiar el baño. Sin querer, en un acto reflejo se miró en el espejo. Sus ojos estaban apagados, tenía una expresión cansada y a penas se reconocía. Aún así su pelo negro seguía brillando sobre sus hombros. Siempre le encantó su melena. Pero, ese día se dio cuenta de que ya no le gustaba tanto.
Se había convertido justo en lo que jamás quiso ser.
Una esclava del miedo.