sábado, 27 de diciembre de 2014

29 D

Desde hace tres años
solo me salen las cuentas
cuando “uno”
es un número par.

La ecuación de nuestras causas
tiene como resultado esta casualidad;
como todo lo que llega
para hacernos la vida más fácil.
Eres la banda sonora del cuento
que sigues creyendo en secreto cuando creces.
Eres esperanza,
eres sueño,
eres luz.
Eres el espejo en el que mira la vida
cuando no tiene fuerzas para encontrarse,
y sin buscarlo al fin se halla…
sin querer,
pero habiéndolo deseado siempre.

Y qué te diré que no sepas,
si mis miedos juegan con los tuyos
a plena luz del día
en forma de verso,
de vaso,
de beso
o de carcajada;
saben los cómplices
que el talón de Aquiles de un monstruo
se esconde en un “yo también”.
Tengo comprobado contigo
que el valiente
es siempre también el afortunado.

Qué jodido es ser musa
cuando el retrato es prácticamente un reflejo,
y sin embargo entiendo tanto
todo eso que dicen
sobre el amor propio,
que desde fuera uno es distinto,
y bla,
bla,
bla…
se me hace tan fácil quererte
sin necesidad de excusas,
contigo como único argumento,
que cada vez que intento que mires
desde mis propios cristales
en el reflejo veo razones
por las que quererme a mí,
y lo mejor de todo
es que tú ya me las das todas.

Me dijiste el otro día
que la vida me dio el don
de convertir en arte el dolor…
pero contigo al lado
consigo lo imposible:
darle forma a la alegría,
volver a creer en la magia.

Que se aparte el mundo entero,
y te den la mano los cobardes.
Contigo el vértigo aprendió
que la altura no entiende de centímetros,
sino de la capacidad de saltar,
y de inventar modos de hacerlo.
Mientras existan personas como tú,
siempre quedarán excusas para soñar.


Te quiero. Te quiero como nosotros sabemos que se puede llegar querer.  Feliz cumpleaños, my soulmate.


lunes, 17 de noviembre de 2014

¿Para qué quieres ser inicial

si ya sabes que eres la única?
Que yo sé que cuando halagas
ya me pides sin pedir.
Y sé en qué momento
la risa se nos escapa,
el mundo se nos queda pequeño
o debo empezar a huir. 
Principio de mis finales,
pies sobre los que ando.
Compañera de vida
y, sin osadía alguna
excepción para las normas:
nada es para siempre
excepto lo que nunca deja de ser. 
Y sé que a veces te escondes
y no hay puerta que oculte tus patas.
Te pones tan fea cuando mientes,
y tan guapa cuando sientes
que a veces me parece injusto
que eclipses tu propia luz. 
Aquí tienes tu poesía:
la de un lunes tan común
o tan extraordinario como cualquiera.
De mí, que soy el principio
para el final de la historia
que no deja de girar
y no termina nunca:
Que me quede siempre tu risa,
tu llanto repentino,
tu no saber cuando parar.
Tu don para hacer que reviente
a la par de nervios
que de alegría.
Tu alma cuando empiezas a bailar
los alientos que me das
cuando cualquier cosa termina.
El no saber estar callada
el hablar demasiado alto;
haber roto todos los umbrales,
porque solo quien cree no estar a la altura
se permite el lujo de no parar de crecer. 
Y con todo esto decirte,
que la única evaluación ajena que necesitas
es la que te ajuste la óptica:
eres maravillosa cuando te despiertas,
sin maquillar,
cuando te pones pesada.
Cuando no te pones nada
y todo lo dejas pasar.

Ojalá todo el mundo pudiese conocerte así. 



jueves, 4 de septiembre de 2014

Para A. los días en que se le olvida como brillar

Sé que te asusta septiembre 

Porque te comen las nubes.
Empiezan los finales
Y acaban los principios.
Y una nunca está preparada
Para decir adiós,
Por mucho que nos eduquen. 


Pero también sé
Que no existen batallas
Para quien no puede lucharlas.
Que no existe victoria
Para el que no mordió el polvo.
Y que la mayoría de veces
Es quien observa desde fuera
El que recibe más golpes
En su coraza. 


Y también sé qué es despertar contigo
Ver a tus demonios pasearse
Y que no tengan valor de hacer más
Que pisarte los talones
Arrancarte la ropa
Y ver como desnuda
Resurges de tus entrañas
Sin contarle nada al mundo. 


Sé que detrás de tu sonrisa
Se esconden mil arañazos
Curados con los años
A base de caricias propias.
Y sé que en el fondo
Cada vez que hablas de dolor
Es porque el mismo se te escapa
Pero incluso así
Incluso así, amiga
Te veo mucho más fuerte. 


Y ¿por qué no?
Pienso que la vida no da lo que le devuelves
Si no lo vas a buscar tú.


Pero sí sé
Que puedes
Que sabes
Que sientes
Que mueves
Que tienes
Las ganas de luchar del mundo. 


Que has salido ya de mil desiertos
Y no te amarga el mil y uno.
Porque así es tu vida con un retrovisor:
La mirada fija para ver qué viene
Y un punto muerto para ver lo que se va.

Siempre consciente de que el tiempo
No se mide por veranos
Ni por inviernos;
Ni siquiera por febreros
Que te hacen recular. 


Que la vida es una sola
Y los cambios son constantes.
Que muchas veces el uno
No debe ser una suma de dos.
Y que la mejor compañía en la tierra
Se debe labrar en dos brazos:
Los de una misma. 


Que tu piel se volvió atópica
Para poder soportar el fuego
De un alma de verdad
Que sabe volar por si misma.
Y que tus huesos saben ser fuertes
Fuertes por si solos.
Y tus piernas saben ser largas
Para que llegues donde quieras. 


Pero solo quiero
Y solo espero que sepas
Que por mucho que tus luchas lleguen
Siempre podrán ser nuestras

lunes, 7 de julio de 2014

Arquitecto

Lo mejor -y lo peor- de todo lo que se rompe es que siempre aprendemos a construir algo.

Contigo aprendí que hay arritmias necesarias, y que el amor no se mide en abrazos ni en faltas de aliento sino en la capacidad exponencial de acelerar el pulso ajeno sin ponerse una mano encima. En el vértigo que causa el salto al vacío con alguien incluso a kilómetros de distancia, o el creer eternamente en el calor de un cuerpo a pesar de saber que en el momento menos pensado va a tener que marcharse. También entendí que todas las armas que me apuntaban podía dispararlas a quemarropa contra el mundo, porque el eco de entre líneas también deja cicatriz, y que todo lo que sale de dentro retumba más fuerte en los demás aunque el eco sea silencioso.

Gracias a ti logré comprenderme, y supe que aunque tarde o temprano te fueses, las musas también existen en formato nostalgia y llevan siempre bajo el brazo un puñado de folios, por si algún día te marchabas y a mi me ocurría volver a buscarte. Ya decía Escandar que estuviese grieta antes de echar a correr; lo que él no sabía es que se trataba de una contrarreloj, y nosotros decidimos hacerla andando hasta que nos asustamos porque nadíe nos había contado que el amor también sangra y se pone feo. Aprendí a tener más miedo a los días normales que a las despedidas, y es que contigo entendí que la levedad del hombre asustaba mucho más cuando uno sabe que la persona que necesita oír no volverá a llamar, que cuando te marchas tú mismo y sabes que nadie va a echarte de menos.
Entendí que los vacíos llenos de nada no eran una oda al derrotismo si se utilizaban de manera adecuada. Que las asimetrías no siempre eran injustas y que todo lo que amas igual que da vida puede empezar a matarte, y no por eso vas a morir.


O no. Puede que todo eso lo leyese en algún libro. Lo que sí es cierto es que contigo aprendí que la colección de heridas que llevaba años cargando a cuestas podían convertirse en poesía, y eso nadie me lo había enseñado nunca


viernes, 30 de mayo de 2014

A veces todavía me dueles

Apagué la música porque en ese instante con la lluvia me sobraba. Y no había nada más terrorífico en la vida que poner una valla frente a un abismo al que quieres lanzarte, o la propia nada que quiere alcanzarte a ti.

Lo que más me asustaba era que sucediese lo que algún día vaticinaba N. Que, tras intentos frustrados de descomponerla, aquella muñeca rusa fuese un fractal que en cada inicio volvía a bifurcarse y yo no supiese hacer nada al respecto salvo seguir corriendo hacia el horizonte y asfixiarme, como aquél que intenta atraparlo corriendo sobre el mar. Y retrocede. O se queda quieto en un punto, lo admira de lejos y se sienta, como decían que yo debía hacer, al lado de su muñeca que guarda como regalo tedioso en una batalla sin vencedor, pero sí con segundo premio. Yo no sabía quedarme, o, para ser mas precisos, no sabía dónde. Porque quedarse siempre implica estar en deuda con aquello que tomas, y yo no sabía si estaría a la altura de algo de tal envergadura.

E., en cambio, decía siempre que la tenía escondida para que no la encontrase nadie en algún lugar donde echó raíces mi conciencia, y que seguía corriendo porque una parte de mí sospechaba que, al igual que la tierra, el camino era redondo y todo era siempre una vuelta a casa. Que esa era la muñeca que yo había escogido, pero llevaba tanto tiempo cargándola a cuestas que hasta la carga que escogí me resultaba fatalmente ligera. Y yo no sabía de dónde había sacado sus lecciones de magia, lo que sí sé es que por un momento la carrera frenó.

Y fue entonces cuando apareció G. Y se fue. Y no por querer marcharse, sino por toparse con el normado nomadismo de alguien que por un momento creyó haber encontrado la órbita, pero decidió encender la música porque aun más que el vacío se cargaba de miedo el aire. Y recordé entonces el día en que abrí aquella última muñeca por primera vez y por la torpeza de aquél que descubre el amor cayó a la nada y yo salté tras ella, como una tormenta de verano que me obligaba de pronto a volver a correr, y a caer, y a correr.


A veces todavía me dueles.

sábado, 12 de abril de 2014

Mantra

Te perdono.
Te perdono el tener miedo.
Las disonancias cognitivas.
Te perdono las mentiras y el no ser lo suficientemente fuerte como para ser fiel a tus principios.
Te perdono la vida.
Porque vas a equivocarte y no tienes que avergonzarte de ello.

Te perdono el avergonzarte.
El esconderte.
El intentar cambiar la historia para creer que tú no has sido la culpable.

Te perdono todo.
Todo el dolor que llevas a rastras y no te deja querer tranquila.
Te perdono el desconfiar.
Te permito desconfiar.
Te perdono que tus circunstancias hayan condicionado tus consecuencias.

Te perdono el daño que has hecho.
El que te han hecho.
El que te han enseñado a hacer.
El que has enseñado a hacer.

Te perdono el quedarte de rodillas porque no tuviste valor a ponerte de pie.
Te perdono el no quererte suficiente.
Te perdono el permitir que te quisieran aún menos.

Te perdono el quedarte callada por miedo al rechazo.
El hacerte la fuerte.
El hacerte la fuerte tanto que hacía años que no llorabas con sinceridad.

Te perdono creer que todo eso era correcto.
Te perdono pensar que nunca pasaría factura.

Te perdono ser nómada.
Alma migratoria.
Te perdono no saber quedarte por miedo a que los demás se fuesen.
Te perdono sentir pánico por ello y seguir echando de menos a los que ya se marcharon.

Te perdono no haber echando de menos esta calma hasta ahora.
Te perdono el haberte abandonado.
Te lo perdono todo.

Te quiero.
Te pido perdón.
Te doy las gracias.

"Mantra"

lunes, 24 de marzo de 2014

Amnesia

Dicen que
Cuando nos duele mucho algo
El propio cerebro activa mecanismos para dejarlo en el inconsciente y que lo acabemos olvidando.
Pues
Se me ha olvidado eso de querer a ciegas
De confiar con rabia
Y de mediar sin miedo

Lo de escribir por amor,
La poesía sin orgullo
Y los mensajes sin botella de los martes a las diez.

El sonreír sin prisa,
El vivir anclada en el babor de un cuerpo y
Morir de vida con las miradas.

Se me ha olvidado también
El sabor del café de las nueve
Porque, ¿sabes?
Ningún café sabe igual que el anterior
Y eso a veces duele
(Mucho)

El abrazar por sorpresa
El brillo en los ojos
Y los arrebatos de cariño que
Parecen sacados de algún cuento que escribí
Un día de esos en que no me asustaba nada.

Se me ha olvidado ya
El querer sin heridas
El sanar cicatrices
Todo lo que me perdoné
Y a lo que doy las gracias.

El no asustarme cuando algo se aleja
O huir cuando se acerca demasiado.

Se me había olvidado ya todo,
Pero entonces apareciste tú.
Bendita sinceridad
Que siempre es cura para la amnesia.

(t'estimo

domingo, 23 de marzo de 2014

Despedida

Si no te hubieras ido nunca
nos hubiera roto el fuego
abrasado en mil pedazos
dejando solo ceniza
para que se nos llevase el viento.

Si no te hubieras ido nunca
la nada me hubiese podido
y ya te digo yo que todo
se reduce a polvo en la nada. 

Si no te hubieras ido nunca
puede que el polvo hubiese volado
solo para soplar las ascuas
y que entonces el fuego 
se convirtiese en metáfora. 

O se convirtiese en rotos. 
En fotos. 
En ti asomando la cara tras la almohada
o tu espalda en la ventana saludando
desde tus clavículas
que por un momento parecían alas
jurando que vas a marcharte.

Si no te hubieras ido nunca
tu blues se volvería daltónico,
lo teñiría todo de rojo 
y cambiaría melancolía por
el hogar en tus alientos. 

Si no te hubieras ido nunca...
no hubiese sido capaz de darme cuenta
de que en realidad jamás te fuiste,
sino que yo no supe quedarme. 

miércoles, 12 de marzo de 2014

Entre líneas

Sería por tu manera de callarte, o de decirlo todo y  a la vez no decir nada en absoluto.Tú. Tus puntos suspensivos y la sinalefa entre ellos, acompañada por esa sonrisa de cada vez que te quedabas callado y a mí me hacía sentir tan cómoda.
Me recreabas aquella escena de Pulp Fiction en que Uma Thurman le decía a Travolta aquello de "sabes que has encontrado a alguien especial cuando puedes estar callado durante un puto minuto y compartir el silencio".Y lo había encontrado.Te había encontrado y eso solo podía significar que yo empezaría a escribir para que no se ahogasen tus aullidos en la nada, o que mi nada se llenaría de todos los gritos que ignoraba por pura verborrea.

Eso también me gustaba de ti. Tu sutileza. Tu manera de entenderme sin siquiera abrir la boca y la capacidad de calmar mi manía de tenerla siempre abierta. Tu enseñarme a soñar sin bostezos y resolver todas las ecuaciones con letras porque los números no se nos dan bien a ninguno de los dos.
Siempre llego tarde, o se me olvida la medida exacta de la distancia prudencial. Los únicos cuartos que controlo son en los que te he tenido en la cama y no sé oír hablar de fracciones. Me sobran los segundos de cualquier hora, y los primeros también si en algún lugar vas a estar tú.

Tú. Tus puntos suspensivos y todas las historias que se han escrito sobre ellos.
Aunque se ensucien con palabras.
...
los míos hoy quieren que te quedes conmigo.
Y creo recordar que el factor de la orden siempre altera al producto.

domingo, 9 de febrero de 2014

Qué bien me sientas

No te imaginas cuanto me aburren los domingos sin contar lunares en tu espalda. Me he comprado un mapa astral y ni con esas; parece mentira que incluso a oscuras pudieses tener tanta luz –o yo tantas ganas de convertirte en luciérnaga aunque no fuese así. Ya sabes que me asusta la oscuridad y me encantan las excusas. Como pedirte en voz baja después de hacerme la dura que te quedes diez minutos más, y tu cara en el espejo a las seis de la mañana, con los ojos a medio abrir y la sonrisa ya puesta. Qué bien te sienta que te quiera a ratos. Y a mí que me desordenes la vida.

Me pido para siempre matarte de hambre en los desayunos a besos, y el ser la envidia del mundo por recibir todos los tuyos. A eso siempre te dejaré que ganes, porque no soy lo suficientemente cabezota como para negarme a ello. Te prometo que para mantenerlo trataré cada segundo de hacerlo tan especial como pueda. Gritar más en silencio y hablar más con los ojos aunque tú no lo entiendas, pero seas capaz de sentirlo y a mí con eso me valga – porque sé que descifrar esos jeroglíficos es la excusa perfecta para que te quedes un día más. Escribir poesías sobre el compás al que se mueve tu pecho y bailar un vals con cada aliento. Y no contártelo nunca, pero decirte mientras duermes que eres la historia más bonita que podría haber escrito con los pies. Y que tú al saberlo sonrías. Qué bien te sienta (que te quiera a ratos). Y a mí que me desordenes la vida.

Que me valgas todos los días incluso ganando peso y que la única costura que tenga valor de destrozarse sea la de la comisura de nuestros labios de tanto reírnos. En el fondo es buena idea, yo sé remendarlas a besos. Tener para siempre como comodín en los días malos reordenar los puntos cardinales de tu cuerpo para no perder jamás el norte y que tú midas centímetro a centímetro mis piernas cada vez que creo no estar a la altura.  Qué bien te sienta que te quiera a ratos. Y a mí que me desordenes la vida.


Qué bien me sientas.

domingo, 2 de febrero de 2014

Febrero (II)

Te miro a los ojos y me das tan poco miedo que me asusta la posibilidad de haber llenado este hueco de mí, tan vacío de ti incluso teniéndote al lado.
Ya te esperaba -o mejor dicho, te he estado desesperando si es que eso significa rezar porque no volvieses- aunque no creía que fueses a aparecer tan pronto ni a ponerte tan guapo. Llegas con flores violetas y ya te sientas dejándome de regalo el primer domingo -y esta vez estás más generoso que nunca, al parecer- sabiendo que no podía salir de casa.
Hemos cambiado bastante desde la última vez que nos vimos. Tú tan frío como de costumbre y yo al parecer más cómoda, para que cojas confianza, que estar escondido en el roto de mi falda no me salva de tener que enfrentarme a ti. Ahora me río, porque en el fondo fuiste una buena excusa para cambiarle el nombre a todos mis miedos y mirar hacia otro lado aunque luego yo cayese en la misma dirección. Posiblemente por eso estemos distintos -y ya no distantes; mi rosa de los vientos ha encontrado el norte, tú has llegado porque tenías que llegar, y yo ya no te busco un sentido.

Puede que en realidad eso sí me de algo de miedo. El perder una musa y quizás así una causa de poder contar otra vez lo de las flores, o de perderme a mí, de nuevo, entre un millón de palabras. Aunque no lo creo. No necesitas disfraz de heroína para tener un millón de yonkis, aunque sé que con esta te basta por la cantidad de folios que llena.

No sabía decirte con certeza si te he echado de menos, aunque ahora que estás aquí de nuevo colándote entre mis costillas me reconforta. El haberme acostumbrado ya a tu aliento en la nuca al despertarme, o cómo bailas entre mi pelo cada mañana al saludarte. Sí tenía ganas de que volvieses, pero solo por saber que me había desnudado las ocasiones suficientes como para que cuando me dieses la mano no fueras capaz de congelarme. Y si es cuestión de música ya ni siquiera nos tocamos. Aunque en el fondo es una suerte; siempre terminábamos hundidos.

Bienvenido, febrero, llevaba tiempo esperándote.