domingo, 14 de abril de 2013

No la pena

Por mucho que intentemos convencernos a nosotros mismos de que no, los finales ya están escritos, y no podemos cambiar el curso de las cosas.
Sí es cierto que a veces las intenciones son gratas, incluso sinceras. Somos tan valientes que hasta prometemos sin pensar -ni siquiera en las cicatrices que ello puede dejar en la piel de nuestra alma en algún futuro incierto, que parece que no llegará nunca.
Pero llega. Sí, lo hace. Y lo digo sin nostalgia de lo que esperábamos que fuese; pueden llamarme conformista.
¿Saben? Es una mierda. Nos dedicamos a hacer hipótesis y planes y dejamos de fluir sobre nosotros mismos cuando esa debería ser la única tarea pendiente, pero no echamos de menos antes de perder, cuando es lo único que estamos haciendo. Aunque, en realidad, eso me gusta creer que no es del todo malo.
Tras saltar un gran abismo que nos creíamos incapaces, de pronto tenemos la certeza de que podemos con todo. En ese momento, cuando entendemos que todo se pasa, nos hacemos un poquito más mayores. Comprendemos que no hay nada ni nadie imprescindible, pero también que hay personas que multiplican nuestra felicidad exponencialmente y por eso las cuidaremos más que antes -y la primera es uno mismo. Cuando prefieres perder a alguien que perderte a ti , incluso si el primer factor implica volver a preguntarte por tu fuerza, entonces, en ese instante -en que los envidiosos te llamarán egoísta, los aburridos te señalarán con el dedo y los que te quieren te harán quererlos todavía más- puede que realmente hayas encontrado un caminito hacia ti mismo.

Muy probablemente todo lo que diga no esté fundamentado más que en un par de cicatrices que da miedo enseñar, pero si tengo la certeza de algo es de que tarde o temprano las heridas dejan de doler, las canciones dejan de sonar, de que la sopa se enfría y los trenes pasan sin esperar a que llegues. Por eso creo que es tan importante olvidarnos por un segundo de lo que deberíamos ser, y empezar a ser lo que queremos.
Porque como bien dijo alguien un día, hay que quedarse con lo que vale la alegría, no la pena.

martes, 19 de marzo de 2013

Lo que nunca me atreví a decirte

Al fin y al cabo, el rencor no sirve de nada. Aunque haya dolido y no acostumbremos a ello, sigamos usando palabras bonitas. Gracias. Sí, démonos las gracias. Por las sonrisas, algún que otro abrazo y la infinidad de cosas que llegamos a sentir. Las tardes infinitas de domingo que volaban sobe mi cama y la sensación de un verano que no quería acabarse. También por la soledad y el permitirnos echarnos de menos para encontrarnos más tarde. Por los errores y las lecciones, y permíteme también pedir perdón, incluso si parece cobarde ahora.

Perdón por si alguna vez no estuve a la altura, no supe dar lo que debía, o por mi cabezonería innata en según qué cosas. Lo siento si fui egoísta en algún momento, o si te hice daño sin querer. Aunque eso ya no importa. Llegados a este punto las disculpas tienen el mismo precio que el de las lágrimas o el de los suspiros: nada, y la nada me sabe a poco. Podría decir “te quise”, incluso el “te quiero” seguiría funcionando. Sí, mira. Te quiero. No te ofendas ni te asustes al leerlo, que no voy a ponerte cuerdas. Y por la misma línea sigo:

 Qué feliz me has hecho. Cuánto caos, cuánta calma. Qué albergue tan cómodo tu pecho para corazones sin miedo al dolor, y qué rápido se hacía de noche cuando soñábamos despiertos durante toda la tarde. Y eso sí que importa ahora, porque a pesar de todos los llantos puedo recordarte y sonreír. Recrearte, recrearnos, y no querer eliminar la historia. Demostrar que lo que bien empieza también es capaz de acabar, pero no tan mal como Murphy lo hubiese querido. Porque fuiste y serás siempre mi primer pretérito perfecto de indicativo, pero también mi afirmación del presente y una gran lección.
Al fin y al cabo, tú.

lunes, 18 de marzo de 2013

Carretera mediante

Bienvenidos :)
Hoy, como ya he dicho en Facebook, el texto no es mío. La maravilla que tenéis a continuación ha llegado a mí por casualidad, y con ese punto absurdo de todo lo que echas de menos y todavía no habías sido capaz de conocer. La persona que me ha dejado leerlo no ha querido compartirlo personalmente por h o por b, pero los dos hemos considerado -especialmente yo- que ésto merecía convertirse en suspiros dentro de vuestros pulmones y no en polvo de estantería o "aquello que nunca dije". Así que agarráos fuerte, porque sale de dentro, dentro, dentro... justo de ese lugar que nadie sabe donde queda exactamente, pero asusta mostrar a los demás. Así que un aplauso al valiente, y feliz viaje.


"Pessoa decía que todas las cartas de amor son ridículas; supongo que esta no va a ser menos. No sé si es ridículo decir que me he aprendido de memoria el relieve de tus nudillos bajo las yemas de mis dedos, o que me desvivo por tu mirada, esa que queda vetada a cruzarse con la mía cuando estamos rodeados de comunes, o que mi rotunda verdad eres tú. Se supone que tendría que asustarme el decir ciertas frases, ¿no?, o al menos el hecho de sentirlas. Pero tengo el miedo tan olvidado que ya ni siquiera recuerdo los precipicios de los que tanto te hablaba en otoño. Ni las dudas.

            Me he dejado llevar por ti. Me hablas de historias que ni siquiera se han escrito todavía, haciendo caso omiso del prometido ''No hacer planes'', haciendo que paradójicamente las eche de menos, y las desee. Fue duro al principio: te costó sudor y horas de palabrería que en muchas ocasiones rozaban el sinsentido. Pero ahora cuentas con la capacidad de absorber hasta mi último pensamiento (tengo infundadas sospechas de que mediante alguna técnica aprendida en tu apadrinado Báltico). Te aseguro que ese don –y permíteme hacerle alusión de esta manera– no lo recordaré de mala gana: perfecta simbiosis en confianza, complicidad y bienestar. Te me has ganado a bocados gigantescos, figurada y literalmente. Con una sonrisa en los labios (por, a veces, tener cerca los tuyos), afirmo que tanta piel de gallina se me escapa de las manos. Lo censurable es que esto último sea literal durante períodos de tiempo inconcebibles.



            Pessoa decía que las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas. Ridículo es que antes pensara que lo más cerca que se puede estar de una persona es viendo el propio reflejo en su mirada, ¿sabes?, pero el vivirte me ha enseñado que lo más cerca que se puede estar de alguien es teniéndole bajo la piel. Y que te haga latir, aunque sea con descontrol. Eso no importa. Lo más cerca que se puede estar de una persona es diciéndole (sin saber si se están acertando con las palabras, eso tampoco importa) que la felicidad es algo así como no querer estar en ninguna otra parte. Y saber que es verdad.

            Generalmente no me gusta culpar a la distancia por aquello que no alcanzo, por los abrazos que no doy, por los "Te necesito" que no pronuncio. Siempre intenté convencerme de que los kilómetros se inventan, que no laten en la piel; y me repetía que echar de menos es de cobardes, que tú y yo tenemos algo que excede todo lo mundano, que es más especial que los números, las cifras e incluso las palabras. Dejé de temer que el no tenernos cerca nos dejaría tiritando y aprendí que con miradas también se puede hacer el amor. Sé que hemos dado mil pasos hacia delante desde aquella fría mañana de octubre, cuando aún no sabíamos que hay silencios que hablan y que las estrellas lo saben todo. La casualidad, nuestra mágica casualidad, trenzó esos resúmenes de vida que hoy improvisamos. Y ahora no quiero ni imaginar cuánto habría perdido si no nos hubiéramos tropezado. Mi dependencia decidió esconderse en el abrigo de una esperanza renovada.



            Pessoa decía que todas las palabras esdrújulas, como los sentimientos esdrújulos, son naturalmente ridículas. Y yo digo que sí, que se me escapa el sentido a borbotones con que tan solo un resquicio de tu ser se aparezca en mitad de mi mente. Pero hasta aquí el seguir pensando que esto lo sentirían mis células una sola vez, hasta aquí el seguir pensando que el sacrificio es la base de todo uno más uno.

            No me echaré nada en cara, tampoco a ti ni a mi ya querida distancia. Nos tengo en demasiada estima. Y es que, ¿sabes?: también somos lo que hemos perdido; las cicatrices siempre recordarán que el pasado fue real. Quizá una última confesión: aprendí a recordar tu olor y lo seguiré utilizando para dormir mejor, tan solo durante un tiempo, con tu permiso. Será la última huella ­–tu última huella– para continuar sobreviviendo (exacto: ya no me asustan los gerundios; me lanzo al fantástico vértigo de saberme capaz de volver a toparme con otro alguien –porque es posible, porque hay que dejarse vivir­–, de llegarme a ver con que todo lo que quede fuera del límite de mis brazos al rodearle me importe bien poco, con que estemos en una espiral, con que formemos el plural más precioso de la Historia, con que nos encontremos… Sin miedo, sin descanso, sin control)."


 
JML.

domingo, 17 de marzo de 2013

Like bullets

A medida que crecemos nos enseñan que las palabras guardan una correlación lógica con las acciones y viceversa, pero en ningún momento nos cuentan nada del bienquedismo. Vivimos en paz, creyendo que todas las promesas se corresponden con la imagen que deberíamos asociar al verbo, como si las personas estuviésemos obligadas a seguir esa regla. Y de hecho lo estamos, al menos de máscara para fuera. Sabemos de todo, nos encanta hablar y jurar tener la llave al paraíso ni que sea por un instante. Llega un punto en que te das cuenta de que es pura verborrea, y que tras cada sílaba hay vacíos llenos de ganas de sentirse bien con uno mismo, para no tener reproches futuros.
Pero, ¿qué más da? Si todo el mundo miente. Ya se acostumbrarán las almas ajenas, que el corazón está hecho para crear armaduras de hierro invulnerables a las promesas.

martes, 26 de febrero de 2013

Todo lo que buscaba

Conocía las paredes y los muebles de aquella habitación mejor que nadie: cada clavo, cada tabla de madera del parqué. Había millones de mantas sobre la cama que había tejido y vuelto a tejer mentalmente millones de veces con todas aquellas complicadas tramas sin ningún tipo de dificultad. Sin pensarlo podía decirte el peso y la masa del armario y lo mismo sucedía con el pupitre, las estanterías, el sofá y todas las lámparas -aunque a alguna se le hubiesen fundido las bombillas. Ningún otro ser era capaz de controlar aquel lugar del modo en que lo hacía ella, ni de mover todo lo que había dentro para que no la encontrasen. Era insoportable: no dejaba entrar a nadie , y si lo hacía por vías ilícitas -corazones y demás- era incluso capaz de cambiar de tamaño y escurrirse por aquellos parajes salvajes ante ojos ajenos. Y aquello era una norma general: cuando alguien la buscaba siempre huía;  incluso cuando era ella misma la que entraba en la habitación, una parte se dedicaba a mover los muebles en una especie de juego macabro para que el escondite siguiese y quedase ese frágil intocable.
Aunque no duró demasiado, porque un alma siempre se encuentra. 
Después de dedicarse a correr entre aquellas cuatro paredes durante mucho tiempo empujando mesas, armarios, camas y demás un día se decidió a descansar y ponerse a dormir...fue entonces cuando entré sin miedo y empecé a destapar todo y a ponerlo en su lugar, y sin querer me encontré a mi misma sonriendo dulcemente bajo las sábanas con los ojos cerrados -me imagino que soñando-...y hallé en ello toda la calma que durante un tiempo yo quise confundir con caos.

domingo, 24 de febrero de 2013

Shooting arrows



[...]

-La admiro porque es muy fuerte. No llora nunca ni nada le duele: es odiosa y jodidamente imbatible- dijo tocándose la cabeza- Yo también quiero ser así y no lamentarme tanto. Que si pierdo, que si gano, que si bah...tonterías. A veces pienso que tendría que cambiarme las gafas porque veo mal la vida.
-Tú si que estás mal - le respondió con una sonrisa dulce y dándole un golpe suave en la mejilla-. Anda, hazte un favor y sonríe un poco.

-No no- dijo empujando la mano de él-, es que siempre estáis todos igual. Que quiera dejar de lamentarme no implica que si tengo ganas de hacerlo vaya a reprimirme.
-Entonces, ¿qué quieres?- respondió con un gesto irónico-. Venga, quéjate. Quéjate todo lo que quieras, que yo te daré la razón y te diré que tienes al mundo en contra. Entonces empezarás a reírte y a poner cara de niña pequeña diciéndome lo cabrón que soy y que no te ayudo nada. Porque claro, pobrecita tú.
-¡Eh!- gritó ella entre carcajadas tal y como él le había dicho- eso es trampa. Así no vale. Es que...
-Es que nada. No sé por qué tienes que admirar a nadie ni cambiar tu manera de sentir las cosas. No lo haces tan mal.
-Pero es que todo me duele en seguida. Pero todo, todo ¿eh? Y me da miedo, me doy miedo.
-¿El qué?- preguntó él cogiéndole de las manos.
-Pues no sé. Quedarme de rodillas aquí para siempre. Sentirme débil a veces, sin fuerza. Como si me fuese a tragar un remolino y no fuese a salir nunca.- respondió ella mirando hacia la derecha.
-¿De veras crees que eres débil?- dijo sorprendido. No me lo creo.
-Sí pero es que a veces yo...- e irrumpió en su llanto- pues me hundo y... y...- sollozaba- me caigo y me asusto porque no estaba acostumbrada al vacío. Y por eso soy débil, porque hay momentos que no sé mantenerme entera y no avanzo.
-Te equivocas. El fuerte no es el frío, ni el que se mantiene entero más tiempo. Valiente tú por caerte y cada vez que lo haces buscar el modo de levantarte para ir hacia adelante con más clase que ayer.
-Ya, el problema es que a veces siento que retrocedo.
-¿Conoces alguna flecha que haya sido disparada sin estirar antes de ella hacia atrás?



A Toni, juntos -y no hace falta decir más :). 

martes, 19 de febrero de 2013

Hace un año yo...

Antes de que empieces a leer esto debo decirte que viene de una caja donde suelo guardar aquello más íntimo de mí. Este texto tiene exactamente un año, y al llegar a mis manos he sentido la necesidad imperiosa de compartirlo. Un día de éstos dedicaré una entrada a mi pequeño buzón a Ninguna Parte, pero de momento rescato este texto de una Ane del pasado que quiso aconsejar a su yo presente y por qué no, a la Ane del futuro que está escribiendo ahora -ya dicen que nada sucede porque sí- así que me quedo algo al desnudo pero os invito a que compartáis la cura de heridas pasadas y sobretodo a que esto os abrace un poco. Gracias a todos los que soléis leerme, a los que lo hacéis de vez en cuando y a los que habéis llegado aquí por cualquier casualidad del mundo, gracias de corazón. 

Ane

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Soñar un poco entre palabras dulces. Pensar: "quizás", y pasarlo a un futuro compuesto con el verbo ser capaz.
Borrar la primera palabra.
Coger el pretérito perfecto del verbo temer y fijarlo.
Presentizar la palabra valor.
Sonreír, tatuarse "libertad" en la fente. Caminar, avanzar, vivir.
Porque quizás mañana seré capaz. Y seré capaz porque he temido, pero hoy tengo valor. Sonrío, camino, avanzo, vivo.
Olvidándome de subjuntivos y planes, borrando todos los tiempos que no me permitan ser hoy, olvidando el ayer y el mañana.
Siente: ama, llora, grita, estalla.
Pero sobretodo, no te olvider de vivir. Porque tú eres quien equilibra la balanza y tú eres quien la controla.

Responde ahora: ¿Presente de indicativo del verbo ser?

Yo soy capaz.