domingo, 3 de abril de 2011

A veces creo que mi única salvación está aquí, entre manchas blancas y negras... sí, he vuelto. Aquí, a la herida, al lugar de siempre. A la guarida de dragones cobardes y victorias de caballeros sin méritos.
Quizás ya es necesidad o rutina pero salva mi ahogo. Me da oxígeno y valor para coser y descoser mi historia sin dedal, para luchar sin armadura: o bién por quitármela yo misma, o bién por miedo a reconocer que la he perdido.
Es muy difícil ser consciente de la cordura propia en un mundo de ignorantes. Yo me bebo los eufemismos de un trago, no me importa si duele o no, es la única manera de crecer.
Llamar a las cosas por su nombre, dejar de engañarnos e incubrirnos por la hipocresía. En cierto modo es algo que a todos nos persigue, todos cometemos el error de mentir tarde o temprano. La virtud está en ser consciente de ello.
Consciente de que nos engañamos de principio a fin. Pintamos puzzles pieza a pieza, cuidando que la hiel sea dulce y delicada, no fuera caso que alguien nos oyese caminar de noche traicioneros, hacia el camino fácil mientras creemos que todos duermen y no es así.
Hay miles de mentes dormidas, pero aún quedan unas cuantas despiertas, y mientras sigamos así, almenos la mía, intentará desvelar a las demás.
Solamente por un momento, robarles el aire, la atención, hacerlos míos, de mis palabras y el lenguaje de los sentimientos... mientras yo sigo aquí sentada, entre infierno y paraíso, atormentándome, maldiciendo a gritos el silencio que respiro, todo lo que puede decirme y sólo yo soy capaz de entender...

martes, 1 de marzo de 2011

Young money

La sala era cuadrada. Cuatro paredes grises algo desgastadas, tres de ellas vacías y a la vez llenas de historias. La restante formaba un surco diferencial en medio de su propia superficie mediante una línea casi invisible que se unía a un pomo y una cerradura. En ésta una llave plateada y pequeña.

En el centro una mesa con dos sillas. Sin velas ni flores, aquello era más serio.

Una cámara apuntando hacia ella y una bombilla justo encima. Lo iluminaba todo pero miraba hacia el centro, amenazante.

Sentado en una de las sillas de metal el inspector. Serio, de piel oscura. Ojos marrones, pelo corto, una barba de aproximadamente dos días. Vestido con traje gris de lino, camisa blanca y corbata a rallas. Azules y blancas, trazando una misma diagonal.

Su mirada se perdía, como si pensase algo.

Al cabo de cinco minutos entró. Serio, desgarbado. De pelo rizado y piel clara. Ojos verde aguamarina. Su ropa era de lo más normal. Una camiseta de color gris, con una especie de pico que alcanzaba el final de su pectoral, y un pantalón vaquero desgastado.

Había algo en su mirada que ya, desde un principio incitaba a desconfiar.

Se sentó frente al inspector. Sus miradas, ambas penetrantes, intentaron leer la mente del otro.

El inspector se llamaba James Hackoff, nacido en Primrose Hill, sus padres eran ambos jueces, estudió criminología en Oxford y obtuvo una nota considerablemente alta. Su universidad le abrió puertas, pero también su ingenio.

El preso se hacía llamar Misdemeanor, aunque su auténtico nombre era Neil O’Nathamm, nacido en el distrito de Lambeth, en el barrio de Brixton. Estudió criminología al igual que el inspector, en la universidad del distrito, obtuvo la matrícula de honor y consiguió un trabajo como secretario.

Ambos sabían por qué Neil se encontraba allí. Mentiras.

Durante largo tiempo intentó engañar a todo el departamento de policía. Tenía un arma poderosa: el jefe estaba comiendo de la palma de su mano cuál pajarillo.

Empezó la entrevista.

-Y bién… cuéntame, ¿Qué fue lo que te incitó a mentir?- Preguntó el inspector.

-Se equivoca del todo, agente. Hay muchas cosas que usted no sabe de mí… Yo no he mentido nunca.

-Bién, sus ojos me indican que miente. Está mirando hacia la izquierda, mientras a la vez sus manos se rozan reiteradas veces. Responda ahora, O’Nathamm. ¿Qué fue lo que sucedió?

-Mire, señor… voy a contarle una cosa. Vengo de uno de los suburbios más peligrosos de Londres. He estudiado lo mismo que usted, aunque no conocía su faceta de mentalista. Me he topado con miles de personas dispuestas a hacerme daño, he guardado bién mis secretos, y dudo mucho que sepa algo de mí…

-Bién… ¿Ha oído hablar alguna vez de Friedrich Nietzsche? –Preguntó el inspector

-Sí… por supuesto. Pero pongo en duda que tenga algo que objetar aquí.- Siguió, atusando su melena ondulada.

- “La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano.”, ¿En quién ha confiado usted, compañero?

-No entiendo qué quiere decirme, inspector... sea claro.

-Yo he nacido en uno de los barrios más adinerados de Londres, y usted en uno de los más pobres. Se basa en su prodigiosa mente por todas las personas que ha conocido y todos los problemas de los que ha escapado.¿Me equivoco?

-No, no lo hace. Así es.

-¿Ve esa llave,O’Nathamm?- Dijo señalando a la pequeña gota metálica que pendía de la cerradura.

-Sí, por supuesto- Asintió.

- En el momento que usted salga por esa puerta, emigre. Busque un lugar sin historia y espacio para crear, y construya su propia mentira, así los cimientos no serán intangibles, y todo el mundo creerá lo que usted diga. Pero no pretenda llegar a un lugar, y construir sobre un tejado, porque si la base es sólida, la mentira no conseguirá el equilibrio. Todo acaba cayendo compañero, y parece ser que hoy, la pieza clave de su torre de babel ha cesado. El lugar de dónde venga y cuántas caras haya visto es indiferente… aunque crea que sí, ni el dinero lo compra todo, ni vuelve ignorante a quién lo tiene. Lo que le hizo rico como mentira, lo acaba de dejar en la peor ruina. No por su pobreza material, para nada amigo. Ahora debe empezar de cero.

miércoles, 26 de enero de 2011

Hablaba entre dientes, coleccionaba minutos y desviaba miradas. Todo aquello era una gran maniobra de escapismo. Decía algo acerca de medias verdades, pero yo mejor que nadie sabía que se trataba de mentiras.

En un suspiro inesperado me miró a los ojos. Podía verlo todo, su cinismo cuando me hablaba de sinceridad y su parecido inocente desvaneciéndose. Fue una especie de seísmo, y en aquél momento la verdad era el epicentro y el lugar de más tensión.

Era el silencio quién otorgaba razones, quién juzgaba y aplacaba sobre cualquier argumento dado en un pasado.

El tiempo corría, y, almenos yo, tenía la vaga sensación de que algo iba a suceder. Tenía una especie de cronómetro dentro retrocediendo.

Se levantó e inspeccionó todo con sus ojos. Se atusó su negra cabellera y se volvió a sentar.
Nadie hablaba. Nadie tenía valor a rasgar ese silencio.
Aunque, por curiosidad se lo pedí.

Le rogué que repitiese de nuevo mi nombre. Me resultaba repulsivo oírlo ahora, pero aún así quería seguir oyendo. Todo parecía ser un gran embuste endulzado, y un fondo amargo de café...

Un suspiro de hipocresía y un grito silencioso.
Dos personas.
Una mentira.
Un mundo igual que ellos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Taller de sueños personal.

Es inevitable, el pensamiento y los sueños son incontrolables. La ilusiones se trazan, los nudos se sueltan y se atan, se prometen amor eterno para después traicionarse y abandonarse.
Es apasionante el descontrol de un ser humano y ver cómo de lo que dábamos fé en un ayer ha huído como un amor de verano, aquél lugar dónde solías gritar desparece y emigra.
Aún así en el corazón siempre hay lugar para el pasado. Nuestro bulevard personal de tropiezos y piedras, un libro de sueños y promesas rotas y una colección de sonrisas.
Dicen que el ser humano es el único ser capaz de tropezar dos veces con un mismo obstáculo, pero esque nuestro eterno cambio de órbita nos niega lo contrario. Por mucho que uno piense jamás va a ser capaz de controlar lo que su instinto dice, lo único que está en su poder será seguir las órdenes o no.
Y así andamos, con suelas de papel cuidando de que la tinta no se borre y los folios parezcan intactos. De eso se encargan los errores. De rasgar esos cuentos chinos y hacernos ver que nos queda mucho camino por recorrer, de la mano de miles de sensaciones.
Dejamos en cunas ajenas la semilla de nuestra felicidad y nos equivocamos. Quién crea y destruye el bienestar propio es uno mismo, regalando así el de los demás.
El mundo cae continuamente en el error de permitir que su propio descontrol esté en manos de alguien.
Intentos fallidos de que todo caiga por su propio peso.
Que el ayer, el hoy, y el mañana no dependan más que de el reloj, y que todo lo que sintamos sea puro placer, sin dolor y con sonrisas...
¿Lo habéis visto? Hasta el que más piensa comete el error de soñar despierto, de contar mentiras que quizás en un mañana serán ciertas.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La verdad es que llevo ya un tiempo sentada en este acantilado mirando la caída libre.
Supongo que todos conocéis la sensación del viento soplando en tu oído. Aquí arriba ese viento me habla, no tengo más compañía. Jamás me ha molestado. Es más, creer que había alguien allí detrás susurrándome lo que yo quería escuchar me confortaba. Pasó todo aquél invierno y jamás dejó de acariciarme y regalarme escalofríos. Me hacía sentir tan viva...
El tiempo pasa para todos, hasta para aquellas sensaciones. Llegó el verano de pronto y se llevó aquellas ráfagas de mi propia existencia. Desaparecieron y se esfumaron sin despedirse.
A pesar de lucir siempre, aquél sol no calentaba. Era sencillamente una luz que no me dejaba ver. Sólo alumbraba mi pena, que me acercaba más a aquél pozo del cual yo quería huír.
Una noche, de pronto, escuché una voz. Era de nuevo el viento, para acompañarme. No me contó nada, sencillamente dijo: "La luz que tu necesitas, no te la dará esta oscuridad".
No entendí cómo ni por qué, pero volvió a irse. Desde entonces no he vuelto a verlo...

Tras dos años frente a este mar eterno llamado vida creo que voy comprendiendo poco a poco lo que quiso decirme. Vivimos buscando siempre una perfección de un instante pasado. La compañía de algo que creemos que permanecerá eternamente.
El camino no es el que te marcan, sino el que tú a base de arrastrar tu espada cargada de lecciones, consigues abrir cueste lo que cueste.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Amar y mentir.


No se trataba para nada de un edén. Eran infiernos vestidos de sonrisas.
Palabras enmascaradas dispuestas a destruír.
Aún así le encantaba saber que por mucho que aquellos cielos no estubiesen escritos para ella era capaz de rozarlos con los dedos a instantes.
El tiempo no perdonó ni entendió de culpables. No tuvo piedad al robarle sonrisas ni al hacer que su corazón latiese más deprisa. Éste se limitó a recoger ilusiones y guardarlas en un caja de recuerdos.
Jamás supo recuperar la cordura ni borrar el pasado. De hecho cada detalle se ocupó de recordarle que la herida seguía allí dispuesta a sangrar.
Era una niña enamorada de palabras, ¿cómo iba a olvidarlas, si su camino se alimentaba de ellas?
Lentamente, sin cesar, aprendió a no ilusionarse. A intentar ser de hielo.
No pudo. ¿Qué criatura inmunda es aquella que no siente?
Su intento de borrar las ilusiones terminó en fallo... en tinta sobre papeles olvidados.

Es importante saber que de un te quiero no nace siempre un sentimiento. Un día un sabio me dijo que la razón siempre la tenían las mariposas del estómago... y así es.
No escuchéis jamás. No prometáis.El hombre que ama no necesita palabras para decirlo todo.
Y es que con el tiempo se aprende que una mirada, una caricia o un acto, valen más que un universo de promesas.

martes, 2 de noviembre de 2010

WaiTrust.

Nacemos creyendo, nos hacen creer. Mitos, patrañas varias. Miedos enjaulados.

Crecemos aprendiendo, cambiando. Gozando de la libertad de ser quienes queremos o quienes creemos.

Nos caemos, levantamos. Aquél que dijo que era fácil y maravilloso se equivocó. Es frágil y camino frondoso.

No se si sabrán, pero yo he vivido poco. No lo suficiente como para poder juzgar vidas. Pero a su misma vez, creo tener suficiente criterio como para poder lanzar un grito al mundo. Cuando empezamos a caminar caemos y seguimos queriendo levantar hasta poder mantenernos en pie. Cuando conocemos a alguien empezamos a creer, a esperar, a confiar.

En ocasiones, debo decir que hay suerte. Encuentras personas que tienen dulce corazón, otras que no tanto. Aún así siguen contigo. De estas 10, en años van desapareciendo de cinco en cinco, quedándote limitadamente solo en tu propia oscuridad.

Sólo queda el tiempo, esperar a que llegue alguien en quién confiar para volver a caer y morderle la cola al pez de nuevo.

El mejor remedio para no sufrir, es creer en uno mismo, no esperar nada de nadie, almenos si éste no te ha demostrado con creces que creería en tí hasta cuando la posibilidades fuesen bajo cero.

Gracias a aquél que me ha pisado, me ha hecho crecer más fuerte. Gracias al que ha creído en mí, sigue a mi lado, téngalo seguro. Gracias al que me abandona un poco más cada día, no guardaré rencor alguno, sólo recuerdo.

Brindemos por los que quedan, sin llorar por los que marchan.