Te perdono.
Te perdono el tener miedo.
Las disonancias cognitivas.
Te perdono las mentiras y el no ser lo suficientemente fuerte como para ser fiel a tus principios.
Te perdono la vida.
Porque vas a equivocarte y no tienes que avergonzarte de ello.
Te perdono el avergonzarte.
El esconderte.
El intentar cambiar la historia para creer que tú no has sido la culpable.
Te perdono todo.
Todo el dolor que llevas a rastras y no te deja querer tranquila.
Te perdono el desconfiar.
Te permito desconfiar.
Te perdono que tus circunstancias hayan condicionado tus consecuencias.
Te perdono el daño que has hecho.
El que te han hecho.
El que te han enseñado a hacer.
El que has enseñado a hacer.
Te perdono el quedarte de rodillas porque no tuviste valor a ponerte de pie.
Te perdono el no quererte suficiente.
Te perdono el permitir que te quisieran aún menos.
Te perdono el quedarte callada por miedo al rechazo.
El hacerte la fuerte.
El hacerte la fuerte tanto que hacía años que no llorabas con sinceridad.
Te perdono creer que todo eso era correcto.
Te perdono pensar que nunca pasaría factura.
Te perdono ser nómada.
Alma migratoria.
Te perdono no saber quedarte por miedo a que los demás se fuesen.
Te perdono sentir pánico por ello y seguir echando de menos a los que ya se marcharon.
Te perdono no haber echando de menos esta calma hasta ahora.
Te perdono el haberte abandonado.
Te lo perdono todo.
Te quiero.
Te pido perdón.
Te doy las gracias.
"Mantra"
sábado, 12 de abril de 2014
lunes, 24 de marzo de 2014
Amnesia
Dicen que
Cuando nos duele mucho algo
El propio cerebro activa mecanismos para dejarlo en el
inconsciente y que lo acabemos olvidando.
Pues
Se me ha olvidado eso de querer a ciegas
De confiar con rabia
Y de mediar sin miedo
Lo de escribir por amor,
La poesía sin orgullo
Y los mensajes sin botella de los martes a las diez.
El sonreír sin prisa,
El vivir anclada en el babor de un cuerpo y
Morir de vida con las miradas.
Se me ha olvidado también
El sabor del café de las nueve
Porque, ¿sabes?
Ningún café sabe igual que el anterior
Y eso a veces duele
(Mucho)
El abrazar por sorpresa
El brillo en los ojos
Y los arrebatos de cariño que
Parecen sacados de algún cuento que escribí
Un día de esos en que no me asustaba nada.
Se me ha olvidado ya
El querer sin heridas
El sanar cicatrices
Todo lo que me perdoné
Y a lo que doy las gracias.
El no asustarme cuando algo se aleja
O huir cuando se acerca demasiado.
Se me había olvidado ya todo,
Pero entonces apareciste tú.
Bendita sinceridad
Que siempre es cura para la amnesia.(t'estimo)
domingo, 23 de marzo de 2014
Despedida
Si no te hubieras ido nunca
nos hubiera roto el fuego
abrasado en mil pedazos
dejando solo ceniza
para que se nos llevase el viento.
Si no te hubieras ido nunca
la nada me hubiese podido
y ya te digo yo que todo
se reduce a polvo en la nada.
Si no te hubieras ido nunca
puede que el polvo hubiese volado
solo para soplar las ascuas
y que entonces el fuego
se convirtiese en metáfora.
O se convirtiese en rotos.
En fotos.
En ti asomando la cara tras la almohada
o tu espalda en la ventana saludando
desde tus clavículas
que por un momento parecían alas
jurando que vas a marcharte.
Si no te hubieras ido nunca
tu blues se volvería daltónico,
lo teñiría todo de rojo
y cambiaría melancolía por
el hogar en tus alientos.
Si no te hubieras ido nunca...
no hubiese sido capaz de darme cuenta
de que en realidad jamás te fuiste,
sino que yo no supe quedarme.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Entre líneas
Sería por tu manera de callarte, o de decirlo todo y a la vez no decir nada en absoluto.Tú. Tus puntos suspensivos y la sinalefa entre ellos, acompañada por esa sonrisa de cada vez que te quedabas callado y a mí me hacía sentir tan cómoda.
Me recreabas aquella escena de Pulp Fiction en que Uma Thurman le decía a Travolta aquello de "sabes que has encontrado a alguien especial cuando puedes estar callado durante un puto minuto y compartir el silencio".Y lo había encontrado.Te había encontrado y eso solo podía significar que yo empezaría a escribir para que no se ahogasen tus aullidos en la nada, o que mi nada se llenaría de todos los gritos que ignoraba por pura verborrea.
Eso también me gustaba de ti. Tu sutileza. Tu manera de entenderme sin siquiera abrir la boca y la capacidad de calmar mi manía de tenerla siempre abierta. Tu enseñarme a soñar sin bostezos y resolver todas las ecuaciones con letras porque los números no se nos dan bien a ninguno de los dos.
Siempre llego tarde, o se me olvida la medida exacta de la distancia prudencial. Los únicos cuartos que controlo son en los que te he tenido en la cama y no sé oír hablar de fracciones. Me sobran los segundos de cualquier hora, y los primeros también si en algún lugar vas a estar tú.
Tú. Tus puntos suspensivos y todas las historias que se han escrito sobre ellos.
Aunque se ensucien con palabras.
...
los míos hoy quieren que te quedes conmigo.
Y creo recordar que el factor de la orden siempre altera al producto.
Me recreabas aquella escena de Pulp Fiction en que Uma Thurman le decía a Travolta aquello de "sabes que has encontrado a alguien especial cuando puedes estar callado durante un puto minuto y compartir el silencio".Y lo había encontrado.Te había encontrado y eso solo podía significar que yo empezaría a escribir para que no se ahogasen tus aullidos en la nada, o que mi nada se llenaría de todos los gritos que ignoraba por pura verborrea.
Eso también me gustaba de ti. Tu sutileza. Tu manera de entenderme sin siquiera abrir la boca y la capacidad de calmar mi manía de tenerla siempre abierta. Tu enseñarme a soñar sin bostezos y resolver todas las ecuaciones con letras porque los números no se nos dan bien a ninguno de los dos.
Siempre llego tarde, o se me olvida la medida exacta de la distancia prudencial. Los únicos cuartos que controlo son en los que te he tenido en la cama y no sé oír hablar de fracciones. Me sobran los segundos de cualquier hora, y los primeros también si en algún lugar vas a estar tú.
Tú. Tus puntos suspensivos y todas las historias que se han escrito sobre ellos.
Aunque se ensucien con palabras.
...
los míos hoy quieren que te quedes conmigo.
Y creo recordar que el factor de la orden siempre altera al producto.
domingo, 9 de febrero de 2014
Qué bien me sientas
No te imaginas cuanto me aburren los domingos sin contar
lunares en tu espalda. Me he comprado un mapa astral y ni con esas; parece
mentira que incluso a oscuras pudieses tener tanta luz –o yo tantas ganas de
convertirte en luciérnaga aunque no fuese así. Ya sabes que me asusta la
oscuridad y me encantan las excusas. Como pedirte en voz baja después de
hacerme la dura que te quedes diez minutos más, y tu cara en el espejo a las
seis de la mañana, con los ojos a medio abrir y la sonrisa ya puesta. Qué bien
te sienta que te quiera a ratos. Y a mí que me desordenes la vida.
Me pido para siempre matarte de hambre en los desayunos a
besos, y el ser la envidia del mundo por recibir todos los tuyos. A eso siempre
te dejaré que ganes, porque no soy lo suficientemente cabezota como para
negarme a ello. Te prometo que para mantenerlo trataré cada segundo de hacerlo
tan especial como pueda. Gritar más en silencio y hablar más con los ojos
aunque tú no lo entiendas, pero seas capaz de sentirlo y a mí con eso me valga
– porque sé que descifrar esos jeroglíficos es la excusa perfecta para que te
quedes un día más. Escribir poesías sobre el compás al que se mueve tu pecho y
bailar un vals con cada aliento. Y no contártelo nunca, pero decirte mientras
duermes que eres la historia más bonita que podría haber escrito con los pies.
Y que tú al saberlo sonrías. Qué bien te sienta (que te quiera a ratos). Y a mí
que me desordenes la vida.
Que me valgas todos los días incluso ganando peso y que la
única costura que tenga valor de destrozarse sea la de la comisura de nuestros
labios de tanto reírnos. En el fondo es buena idea, yo sé remendarlas a besos. Tener
para siempre como comodín en los días malos reordenar los puntos cardinales de
tu cuerpo para no perder jamás el norte y que tú midas centímetro a centímetro
mis piernas cada vez que creo no estar a la altura. Qué bien te sienta que te quiera a ratos. Y a
mí que me desordenes la vida.
Qué bien me sientas.
domingo, 2 de febrero de 2014
Febrero (II)
Te miro a los ojos y me das tan poco miedo que me asusta la posibilidad de haber llenado este hueco de mí, tan vacío de ti incluso teniéndote al lado.
Ya te esperaba -o mejor dicho, te he estado desesperando si es que eso significa rezar porque no volvieses- aunque no creía que fueses a aparecer tan pronto ni a ponerte tan guapo. Llegas con flores violetas y ya te sientas dejándome de regalo el primer domingo -y esta vez estás más generoso que nunca, al parecer- sabiendo que no podía salir de casa.
Hemos cambiado bastante desde la última vez que nos vimos. Tú tan frío como de costumbre y yo al parecer más cómoda, para que cojas confianza, que estar escondido en el roto de mi falda no me salva de tener que enfrentarme a ti. Ahora me río, porque en el fondo fuiste una buena excusa para cambiarle el nombre a todos mis miedos y mirar hacia otro lado aunque luego yo cayese en la misma dirección. Posiblemente por eso estemos distintos -y ya no distantes; mi rosa de los vientos ha encontrado el norte, tú has llegado porque tenías que llegar, y yo ya no te busco un sentido.
Puede que en realidad eso sí me de algo de miedo. El perder una musa y quizás así una causa de poder contar otra vez lo de las flores, o de perderme a mí, de nuevo, entre un millón de palabras. Aunque no lo creo. No necesitas disfraz de heroína para tener un millón de yonkis, aunque sé que con esta te basta por la cantidad de folios que llena.
No sabía decirte con certeza si te he echado de menos, aunque ahora que estás aquí de nuevo colándote entre mis costillas me reconforta. El haberme acostumbrado ya a tu aliento en la nuca al despertarme, o cómo bailas entre mi pelo cada mañana al saludarte. Sí tenía ganas de que volvieses, pero solo por saber que me había desnudado las ocasiones suficientes como para que cuando me dieses la mano no fueras capaz de congelarme. Y si es cuestión de música ya ni siquiera nos tocamos. Aunque en el fondo es una suerte; siempre terminábamos hundidos.
Bienvenido, febrero, llevaba tiempo esperándote.
Ya te esperaba -o mejor dicho, te he estado desesperando si es que eso significa rezar porque no volvieses- aunque no creía que fueses a aparecer tan pronto ni a ponerte tan guapo. Llegas con flores violetas y ya te sientas dejándome de regalo el primer domingo -y esta vez estás más generoso que nunca, al parecer- sabiendo que no podía salir de casa.
Hemos cambiado bastante desde la última vez que nos vimos. Tú tan frío como de costumbre y yo al parecer más cómoda, para que cojas confianza, que estar escondido en el roto de mi falda no me salva de tener que enfrentarme a ti. Ahora me río, porque en el fondo fuiste una buena excusa para cambiarle el nombre a todos mis miedos y mirar hacia otro lado aunque luego yo cayese en la misma dirección. Posiblemente por eso estemos distintos -y ya no distantes; mi rosa de los vientos ha encontrado el norte, tú has llegado porque tenías que llegar, y yo ya no te busco un sentido.
Puede que en realidad eso sí me de algo de miedo. El perder una musa y quizás así una causa de poder contar otra vez lo de las flores, o de perderme a mí, de nuevo, entre un millón de palabras. Aunque no lo creo. No necesitas disfraz de heroína para tener un millón de yonkis, aunque sé que con esta te basta por la cantidad de folios que llena.
No sabía decirte con certeza si te he echado de menos, aunque ahora que estás aquí de nuevo colándote entre mis costillas me reconforta. El haberme acostumbrado ya a tu aliento en la nuca al despertarme, o cómo bailas entre mi pelo cada mañana al saludarte. Sí tenía ganas de que volvieses, pero solo por saber que me había desnudado las ocasiones suficientes como para que cuando me dieses la mano no fueras capaz de congelarme. Y si es cuestión de música ya ni siquiera nos tocamos. Aunque en el fondo es una suerte; siempre terminábamos hundidos.
Bienvenido, febrero, llevaba tiempo esperándote.
domingo, 19 de enero de 2014
If you
No puedo ofrecerte mucho más de lo que la vida en sí ha dejado en tus manos.
No puedo pedirte que te quedes, ni que des más de lo que eres capaz de tener a una poeta desalmada con un baremo de tragedias que no caben ya en taberna alguna.
Solo tengo para darte un colchón sin mantas en el que tumbarte a ver el techo, y con suerte tú tendrás más magia que yo y encontrarás el modo de pintarle estrellas sin mover un dedo. Puedes venir cuando quieras. Yo te espero.
Pero,
si desesperas en algún momento,
puedes volver aquí a negar el mundo aunque haga frío.
Y,
juntos,
inventar también el modo de hacer arder a fuego lento
las cenizas que alguien pudo olvidar entre estas cuatro paredes,
y si no las encontramos
tener la excusa perfecta para viajar a Marte en mis brazos.
Podríamos llegar allí
sin más excusas ni pretextos
que volver a tumbarnos en otro colchón
mirarnos a los ojos
como si la muerte fuese solo un juego,
y reírnos del resto de mortales
por no saber que el hambre y la sed
se calman también a besos.
Pero,
sobretodo,
y sin sentirte tú obligado,
cuando desistas de tu lucha debes saber que
sigo aquí, tumbada en el mismo sitio observando la nada.
Es cómoda pero fría, como el primer lunes de enero,
está vacía como un tren sin pasajeros,
está rota.
Como ese cigarro que dejé a medias por si te apetecía fumar.
Pero nunca volviste.
No puedo pedirte que te quedes, ni que des más de lo que eres capaz de tener a una poeta desalmada con un baremo de tragedias que no caben ya en taberna alguna.
Solo tengo para darte un colchón sin mantas en el que tumbarte a ver el techo, y con suerte tú tendrás más magia que yo y encontrarás el modo de pintarle estrellas sin mover un dedo. Puedes venir cuando quieras. Yo te espero.
Pero,
si desesperas en algún momento,
puedes volver aquí a negar el mundo aunque haga frío.
Y,
juntos,
inventar también el modo de hacer arder a fuego lento
las cenizas que alguien pudo olvidar entre estas cuatro paredes,
y si no las encontramos
tener la excusa perfecta para viajar a Marte en mis brazos.
Podríamos llegar allí
sin más excusas ni pretextos
que volver a tumbarnos en otro colchón
mirarnos a los ojos
como si la muerte fuese solo un juego,
y reírnos del resto de mortales
por no saber que el hambre y la sed
se calman también a besos.
Pero,
sobretodo,
y sin sentirte tú obligado,
cuando desistas de tu lucha debes saber que
sigo aquí, tumbada en el mismo sitio observando la nada.
Es cómoda pero fría, como el primer lunes de enero,
está vacía como un tren sin pasajeros,
está rota.
Como ese cigarro que dejé a medias por si te apetecía fumar.
Pero nunca volviste.
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