La taza de té a mi derecha, las medias en el suelo y de manta el silencio -pero déjame los pies fuera, que sabes que aunque los tapes seguirán estando fríos. La cama de diez hectáreas, tú tan lejos y yo con tanto que decir y tan pocas ganas de hacerlo -lo de decir, digo.
Abre algo la ventana; ha llegado el otoño, ¿eh? Vuelven los días malos. Llevo pensándolo todo este tiempo, y puede que lo de madrugar tanto y esconderme por las tardes sea cosa de la luz. Sé que odiabas irte a dormir tarde así que yo también he empezado a hibernar, así ya no te echo de menos -ni de más, aunque peor castigo sería. Soluciones sencillas para grandes errores. Maldita la hora en que... bah, da igual. Da igual. Llueve sobre mojado. Ahora me retuerzo entre las sábanas esperando que mañana sea menos gris, o que se seque todo el agua que me ha calado hasta los huesos. Hondo, sí. Muy hondo. Lo divertido de la historia es buscar culpables: o yo por mantenerte lejos o tú por no entender de distancias. Siempre me enamoro de hombres con la cinta métrica atrofiada; demasiado cerca nunca era suficiente. Yo no quería que entrases ni tú querías pasar, pero al final entre una copa y otra acabaste metiendo el pie y sin darme yo cuenta te instalaste de escondidas. Y todo eso por no querer ver. Joder, qué rápido se me va la luz. Maldito gobierno, me he pasado el mes conspirando sobre por qué demonios quiere que se haga de noche temprano si la única cuota de natalidad que aumenta es la del miedo.
Y ahora nos necesitamos. Te necesito yo para hablar y tú para callar a mis demonios sin nada que decir. Mentira, necesitar es una palabra muy fea. No, no. No te necesito, porque ¿sabes? Yo jamás he necesitado a nadie ni tengo intenciones de hacerlo. ¿Lo ves? Ahora hasta los verbos me piden socorro y sin auxiliares, solo pronombres que nos poseen y hacen que nos poseamos.
Mírame, muerta de frío y saltando en un charco -al menos esta vez me he puesto las botas para hacerlo tranquila. Y cojo gripe, y llega el invierno y cada vez estaré más empapada.
Te prometo que me quedo tiritando y no me muevo con la condición de que estés dónde estés tú harás lo mismo.
lunes, 4 de noviembre de 2013
sábado, 2 de noviembre de 2013
La culpa fue de la luna - con Anna S. Tribbiani
Anoche volví a enamorarme. Empiezo a pensar que padezco de "imaginación sin permiso". Así que aquí estoy, recorriendo una vez más con cautela varios años de caricias que han dejado cicatrices, aunque esta vez es mejor porque la culpa es tuya. Espera, echémosle la culpa a la luna... o puede que a mi complejo de gato. No, no te precipites. No es por lo salvaje, sino por lo curioso; prefiero encontrarte y morir en el intento. Le debo ya mil lunas a la noche, por cada noche que ha tenido que aguantarme maullando mis condenas en formato de elegía. No puedo permitirme echarle la culpa. Será cierto eso que dicen que la curiosidad mató al gato. Si así es, más me vale tener 7 vidas, aunque no sé si cuenta doble si mueres 7 veces por la misma causa. Si me dejan jugar esta trampa, te regalo todas mis muertes.
Aunque me apetece hablar de atardeceres. No sé si por el deseo de dibujártelos en la espalda, o simplemente por dejar que se me cuelen entre los dedos. ¿Sabes cuantas veces te he imaginado en mi cama? Guárdame el secreto, pero llevo un par de meses discutiendo conmigo misma sobre si debería llenar mis vacíos. El hueco de mi espalda cuando la arqueo al despertarme, el espacio entre mis labios cuando suspiro. Lo curioso es que por un momento tuve la sensación de que te diseñaron al milímetro. Créeme entonces si te confieso que tal vez sea un suspiro. Uno de los tuyos. De los que salen sinceros del crepúsculo de tus labios. Puede que de ahí me deje llevar por el compás de tus caricias y aterrice, sin querer pero gustoso, en los atardeceres de tu espalda, y simplemente dejo que la gravedad se encargue del resto.
De que todo caiga por su propio peso, como ese pelo que siempre te molesta tanto cuando te cae sobre la cara y te lo acabas apartando mientras te enfadas y te pones preciosa porque créeme, cuando frunces el ceño así y se te escapa la risa se me olvidan todas las quejas del mundo. Y es el mundo quién se queja entonces. Envidioso por que no sabe alcanzarnos. Porque no es algo que te enseñen en la escuela. Se aprende en casa, como cuando te vas a trabajar dejándome tu media sonrisa como paga y señal de que volverás para comer a las tres. Y me quedo a los pies de tu cama, sin cigarrillos, porque ahora me fumo tu sombra de ojos (que es mejor el vicio), mientras le escribo cartas a tu ombligo. Porque ya sabes que nunca me gustó trabajar, o no en algo que no fuese escribirte cartas para que te las fumases cada noche o dejases de leértelas. Trabajaba en luchas frustradas y vivir para contarlo, aunque los que no son de mi especie parezcan estar sordos
que enmudecieron el día en que me susurraste que no te gustaban los besos que sabían a tabaco. Y desde entonces, créeme que no me queda más remedio que esclavizar mi sangre en un tintero. Bien para dibujarte sin pulso firme (porque de eso ya no me queda), o bien para retratar tus osadías de los domingos por la tarde. Y mira que son muchas las horas que dedico a intentar ajustar tus silencios en pentagramas, y me encanta, porque siempre me cuesta salir airosa de esto
Creo que ayer me enamoré tras leer aquella frase que decía algo como "never give up on anybody, miracles happen everyday". No quiero que pueda influir en el quedarte esta noche o no, pero hemos vivido tanto juntas en mi cabeza que necesitaré una vida entera para contártelo. Suerte tengo de ser gato, aunque sea solo por esta noche, porque puede que con 6 vidas no me baste para hacerme a la idea que hoy la luna nos culpa a nosotras.
Anna S. y Ane Santiago
[ http://yellowfishbowl.blogspot.com ]
lunes, 28 de octubre de 2013
Te quiero.
Posiblemente no exista historia de mayor tormento -o sí, pero después de todo le tengo cariño a ésta- aunque me atrevo a decir que tampoco exista mayor historia de amor.
Te quería como se suelen querer aquellas cosas que están obligadas a ser queridas: a ciegas, sin demasiado entusiasmo pero a ciegas. Como se solía querer en el siglo dieciséis, con distancia de por medio y millones de palabras -ya sabes también, que para bien o para mal nunca tengo la boca cerrada. No siempre buenas. En toda novela realista se toca el drama, y a nosotros nos tocó la ración triple.
Pero eso me gusta. Posiblemente sea porque es una de las mayores lecciones que me ha dado la vida acerca de cómo mirarla a ella y a todo lo que me rodea. Cómo hurgar en lo desconocido y que de pronto algo que siempre había tenido al lado de pronto brille más fuerte que nunca. Conocerte. Sí. Conocer a alguien después de llevar muchos años compartiendo tu vida con él es una de las cosas más maravillosas que pueden pasarle a cualquier ser humano de la tierra, y más cuando se da cuenta de que tiene delante una especie de espejo.
No te echo de menos porque me acostumbré a vivir sin verte, pero sobretodo porque ahora más que nunca te siento cerca. Por una vez me da la sensación de que lo que tengo y lo que siento hacia alguien no es una imposición social. Algo que hay que tener porque así nos sentimos mejor. No. Sabes que no creo en las posesiones, y eso es lo mejor de todo. Que vuelas libre conmigo.
Y...¿sabes? Tienes las alas más inspiradoras de la tierra. Con las palabras constancia, trabajo, dedicación, amor y sinceridad grabadas a fuego. Ojalá algún día vuele tan alto como tú, aunque no dudo que podré conseguirlo si me sigues mirando así, como si estuviese un palmo por encima y ya divisases toda mi trayectoria.
Después de todo, lo que importa es que te has convertido en alguien necesario para mí. Y sí, sé que la palabra necesitar me impedirá crecer en algunos aspectos, pero es que me la suda. Me la suda porque quiero dedicarme todos los años de vida que nos quedan a enseñarte a dar abrazos, hasta que consigas dejarme sin aire.
Eres la mejor sorpresa que la vida podía darme. Y esto, señores, es amor.
Te quiero Aita.
Te quería como se suelen querer aquellas cosas que están obligadas a ser queridas: a ciegas, sin demasiado entusiasmo pero a ciegas. Como se solía querer en el siglo dieciséis, con distancia de por medio y millones de palabras -ya sabes también, que para bien o para mal nunca tengo la boca cerrada. No siempre buenas. En toda novela realista se toca el drama, y a nosotros nos tocó la ración triple.
Pero eso me gusta. Posiblemente sea porque es una de las mayores lecciones que me ha dado la vida acerca de cómo mirarla a ella y a todo lo que me rodea. Cómo hurgar en lo desconocido y que de pronto algo que siempre había tenido al lado de pronto brille más fuerte que nunca. Conocerte. Sí. Conocer a alguien después de llevar muchos años compartiendo tu vida con él es una de las cosas más maravillosas que pueden pasarle a cualquier ser humano de la tierra, y más cuando se da cuenta de que tiene delante una especie de espejo.
No te echo de menos porque me acostumbré a vivir sin verte, pero sobretodo porque ahora más que nunca te siento cerca. Por una vez me da la sensación de que lo que tengo y lo que siento hacia alguien no es una imposición social. Algo que hay que tener porque así nos sentimos mejor. No. Sabes que no creo en las posesiones, y eso es lo mejor de todo. Que vuelas libre conmigo.
Y...¿sabes? Tienes las alas más inspiradoras de la tierra. Con las palabras constancia, trabajo, dedicación, amor y sinceridad grabadas a fuego. Ojalá algún día vuele tan alto como tú, aunque no dudo que podré conseguirlo si me sigues mirando así, como si estuviese un palmo por encima y ya divisases toda mi trayectoria.
Después de todo, lo que importa es que te has convertido en alguien necesario para mí. Y sí, sé que la palabra necesitar me impedirá crecer en algunos aspectos, pero es que me la suda. Me la suda porque quiero dedicarme todos los años de vida que nos quedan a enseñarte a dar abrazos, hasta que consigas dejarme sin aire.
Eres la mejor sorpresa que la vida podía darme. Y esto, señores, es amor.
Te quiero Aita.
lunes, 21 de octubre de 2013
Ríos
Es tan sencillo,
o tan complicado,
como dejarse caer.
Ser.
Río que fluye,
otras más pausado.
No importa,
tú sigue mi corriente.
Pero fluye.
Empiezo a creer que,
en el fondo,
no hay presas de castores
sino ríos con miedo a salir.
Y el mar nunca se hace responsable de ellos.
o tan complicado,
como dejarse caer.
Ser.
Río que fluye,
(tú escoges el cabal de sus aguas)
a veces turbulento,otras más pausado.
No importa,
tú sigue mi corriente.
Pero fluye.
Empiezo a creer que,
en el fondo,
no hay presas de castores
sino ríos con miedo a salir.
Y el mar nunca se hace responsable de ellos.
Tú llena los huecos
que
ya me encargaré yo
de que otro alguien
los vacíe.
jueves, 10 de octubre de 2013
Gracias
En febrero de 2010 abrí esta fábrica de sueños con unas intenciones no muy claras, y con la simple idea de ir colgando cosas para poder compartir con los demás lo que me llena a mí. Los demás al principio resultaron ser unos pocos, de hecho, si no recuerdo mal hará unos pocos meses esta página tenía unas 6.000 visitas (puede que algunas más) y yo ya daba las gracias muy sorprendida.
No os podéis imaginar para mí cómo de loco es esto, ver que algo que era simplemente un trozo de papel ha llegado a tocar lo más profundo de la gente.
Y ya no hablo de las 15.000 visitas, que es el principal motivo por el cuál escribo este post, sino también de aquellas personas que en algún momento han cogido y me han dicho que se han emocionado e incluso han llegado a llorar con lo que escribo. No sabéis hasta qué punto eso es surrealista para mí (y os aseguro que no es falsa modestia) y reconfortante, porque puede que si no hubiese sido por personas como vosotros lo más probable es que esto nunca hubiese visto la luz. Y doy las gracias desde la gente que leía mis cosas en clase cuando todavía coleccionaba escritos en la carpeta, a la persona que me animó a enseñárselos al profesor de filosofía (gracias Raquel por obligarme :) ) y a partir de ahí tuve valor de hacerme el blog, a los que me han leído y no han dicho nada, y los que me lo han dicho todo y se leen cada post que subo.
Es un placer compartir heridas con vosotros, y espero que podamos seguir haciéndolo muchísimo más tiempo. Dicen que el dolor inspira y también que suele unir porque somos capaces de empatizar y eso siempre aporta calma...
Sois todos increíbles y os vuelvo a dar las gracias por estar aquí, porque espero estar más años dando el coñazo.
Millones de gracias otra vez.
Siempre vuestra,
Ane.
No os podéis imaginar para mí cómo de loco es esto, ver que algo que era simplemente un trozo de papel ha llegado a tocar lo más profundo de la gente.
Y ya no hablo de las 15.000 visitas, que es el principal motivo por el cuál escribo este post, sino también de aquellas personas que en algún momento han cogido y me han dicho que se han emocionado e incluso han llegado a llorar con lo que escribo. No sabéis hasta qué punto eso es surrealista para mí (y os aseguro que no es falsa modestia) y reconfortante, porque puede que si no hubiese sido por personas como vosotros lo más probable es que esto nunca hubiese visto la luz. Y doy las gracias desde la gente que leía mis cosas en clase cuando todavía coleccionaba escritos en la carpeta, a la persona que me animó a enseñárselos al profesor de filosofía (gracias Raquel por obligarme :) ) y a partir de ahí tuve valor de hacerme el blog, a los que me han leído y no han dicho nada, y los que me lo han dicho todo y se leen cada post que subo.
Es un placer compartir heridas con vosotros, y espero que podamos seguir haciéndolo muchísimo más tiempo. Dicen que el dolor inspira y también que suele unir porque somos capaces de empatizar y eso siempre aporta calma...
Sois todos increíbles y os vuelvo a dar las gracias por estar aquí, porque espero estar más años dando el coñazo.
Millones de gracias otra vez.
Siempre vuestra,
Ane.
miércoles, 9 de octubre de 2013
La noche de los cobardes - con Jordi Pla
Pensaba que no volvería a recordar. Aún así, malo. Recordar es para aquellos que el vivir les duele, que el pensar y el futuro les atemoriza. Un paso atras. Pensaba que el buscar palabras se había divorciado del encontrar las letras. Un hablar por hablar. Pensaba que el pensar no me haría daño. Mírame, me acabo de comer mis pensamientos. Y en ración triple, para no perder las costumbres. No me cansa el subconsciente ni después de tantas noches juntos, y mira que allá va otra... es el morbo de tocar sin querer aquello que te asusta ver de cerca, aunque solo sea en sueños. Maldita suerte, hoy he vuelto a creer en ella y ya me ha vuelto a fallar. Ateismo. Yo iria a lo fácil, all in a nada para no perder. Camarero por favor, otra ración de realidad, esta vez no escatime en detalles que sino luego te quedas con las ganas. De menos, por supuesto. O, qué coño. Hoy por recordar igual volvía a apostar todo al rojo, solo por sentirme vivo otra vez. Inspirar la derrota, expirar el sabor de mi propio aliento...creo que todavía sabe a tu pintalabios, y mira que me he comido a mujeres a besos desde que te fuiste. Apostar, inspirar, pintar. Como te he dicho, me sigue doliendo la herida. Pero prefiero dormir, y que me guíen mis sueños que sea la noche la que me ilumine y me hable. En voz bajita por favor, no vayamos a despertar a los de día. Ansío compañía que solo calma otra ausencia de palabras, una noche más. Con lo que sobra de un silencio me basta, pero que cuente una historia nueva, estoy cansado de bailar sobre las notas de la misma paradoja. Hasta la luna se ríe ya de que siga esquivando este lado oscuro. Te he sacado a pasear hoy para pedirte algo.
Vete. Por favor vete, que ya estoy borracho de tu recuerdo y empieza a ser adictivo.
Jordi Pla y Ane Santiago
miércoles, 2 de octubre de 2013
Me da igual lo que quieras hacer mañana, quédate conmigo hoy, te dije. Me preguntaste por qué y no quise responderte. Me sobraban motivos y me faltaban ganas de explicártelos porque mi mente estaba ocupada en desabrocharte la camisa, lo que parecía no importarte demasiado ya que probablemente estabas haciendo lo mismo.
Me preguntaba por qué solo se le llamaba hacer el amor al momento en que alguien la metía en un agujero. Nos separaba aquella mesa pero yo te sentía dentro. Tus ojos, cómo me mirabas. Tic, tac, las doce. Te tocas la barbilla, te pones las gafas de sol. Tu media sonrisa conspiraba contra mis doscientos escudos en un inminente KO. Te gustaban las poetas porque a su lado todo parecía más profundo y dulce, aunque a mi lado sabías que no era así. Cruzabas mi mente como si fuese una senda secreta apta hasta para cojos pero no tenías huevos de nadar cuando llegabas al agua. Ahí estaba la distancia entre el parecer y el ser: lo único profundo que buscabas era una garganta y a mí me sobraba ya gente en el umbral de mi alma que se quedó a medio camino entre el amor y las pasiones (lo peor de todo es que seguramente también querías un sofá allí). Eso no era enamorarse, por mucho que colocases tus te quieros a modo de show de pirotecnia: oportunamente pero haciendo demasiado ruido.
Te quitaste las gafas de sol y me volví a quedar allí, observando por tus ventanas cómo estabas amueblado e imaginando cómo te amueblaría yo. Quería una bañera grande en tu pecho para no tener frío nunca y un escritorio infinito en tu espalda para escribir todas las historias que quisieras contarme. Una galaxia en tu mente para visitar cada día un planeta y un piano en tus costillas para bailarte el agua cada vez que te cogiese. Un salón de baile entre tus piernas de entrada gratuita pero privada y en tus pies una nube para poder levitar. A mi se me daba bien quererte. Sí, a ti, aunque todavía no existas, no sé si por miedo o por sencillez. Pero a veces me mirabas así y...
Creo que ese era el único momento en que me hacías el amor. Cuando me mirabas con los ojos desnudos y dejabas que se escapase el miedo, como si por un instante fueras a dar un paso adelante. A mí la cama me la sudaba. Yo quería llenarme de magia y después escribir poesías juntos. Tú parecía que querías a una poeta.
En el fondo solo buscabas besos con sabor a verso, y esos sabe darlos cualquiera.
Te quitaste las gafas de sol y me volví a quedar allí, observando por tus ventanas cómo estabas amueblado e imaginando cómo te amueblaría yo. Quería una bañera grande en tu pecho para no tener frío nunca y un escritorio infinito en tu espalda para escribir todas las historias que quisieras contarme. Una galaxia en tu mente para visitar cada día un planeta y un piano en tus costillas para bailarte el agua cada vez que te cogiese. Un salón de baile entre tus piernas de entrada gratuita pero privada y en tus pies una nube para poder levitar. A mi se me daba bien quererte. Sí, a ti, aunque todavía no existas, no sé si por miedo o por sencillez. Pero a veces me mirabas así y...
Creo que ese era el único momento en que me hacías el amor. Cuando me mirabas con los ojos desnudos y dejabas que se escapase el miedo, como si por un instante fueras a dar un paso adelante. A mí la cama me la sudaba. Yo quería llenarme de magia y después escribir poesías juntos. Tú parecía que querías a una poeta.
En el fondo solo buscabas besos con sabor a verso, y esos sabe darlos cualquiera.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
